Cuando uno
deja de verse a sí mismo,
deja de ver a los demás.
Y la mayoría,
ni siquiera han empezado
a mirar,
porque sus ojos
están cerrados,
y lo que ven
no es real.
En este mundo
de ceguera masiva,
el tuerto
es el rey del lugar.
Y si no ves nada,
¿para qué mirar?
Muchos abandonan,
se lanzan al precipicio,
buscando una paz
que no saben encontrar.
¡Quítate la venda
de la ignorancia!
Abandona las etiquetas,
los juicios, las exigencias,
aprende a callar.
El silencio te cogerá la mano.
Te llevará a un viaje
del que no regresarás,
donde no hay vuelta atrás.
Una vez que viajes dentro,
tus ojos sabrán mirar,
y cuando mires al otro
será a ti mismo
al que verás.